IUDADANOS: El grito de libertad dado en Cádiz resuena ya en todos los ámbitos de la Península. Estad orgullosos, ciudadanos, estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al fin la niebla de la tiranía que le tuvo empañado largos siglos, y aparece más esplendoroso que nunca, pronto á borrar las huellas malhadadas de una raza funesta y espuria...»

Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroquín desde uno de los balcones de la redacción de La Independencia, rodeado de hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la emoción y las manos temblorosas. Á su lado veíanse los de algunos de sus compañeros, pálidos también, aunque no tanto. Hacia ellos se volvía á menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban todos, murmurando por lo bajo al final de cada período: ¡Bravo! ¡bravo! y otras exclamaciones que infundían nuevo y poderoso aliento en el exprofesor para seguir arengando á las masas. Escuchábanle éstas con la boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces y palmoteo también le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las metáforas astronómicas y no tuvo más que decir, recogiendo todas sus fuerzas gritó con voz estentórea:

—Ciudadanos: ¡Viva la libertad!

—¡Vivaaa!

—¡Viva el pueblo soberano!

—¡Vivaaa!

Y dió por terminado su discurso, retirándose del balcón. Una voz gritó desde la calle:

—¡Abajo los consumos!

—¡Abajooo!