Hubo un momento de silencio, y Maximina exclamó:

—¡Pobre Julia!

—Sí, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con más razón que ahora.

En el par de meses que D. Alfonso pasó en Madrid, se divirtió cuanto le fué posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachín, que contrastaba gratamente con su carácter suave y apacible, le dieron entrada en la sociedad más selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente los jóvenes á la moda, y las casas que frecuentaba las más aristocráticas de la corte. En la de su tía, lejos de hacer gala de esto, jamás decía dónde iba ni de dónde venía, ni mentaba en la conversación ningún episodio por el que se adivinase. Ponía, al contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que ellas no frecuentaban, á fin de evitarles esta pequeña humillación, que para ciertas mujeres suele ser á veces dolorosa. Era el mismo caballero respetuoso hasta el extremo con su tía, afable y galante con su prima, dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que es la cualidad más adecuada para triunfar con las damas.

Una noche, al entrar en el teatro, Julia vió á su primo en el palco de una duquesa célebre en aquella época por su belleza y discreción, tanto como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en el fondo é inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las caras, la sonrisa insinuante de él y el gozo vanidoso que expresaba el rostro de ella, todo hizo tal efecto en la niña, que por un momento temió caerse, y sólo á duras penas pudo llegar á las butacas, donde madre é hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se dijo:—¡Pero qué tontería! ¿Por qué siento tal impresión, si no tengo absolutamente nada con él? Y aunque fuese mi novio, ¿qué tendría de particular que hablase con esa señora?—Saavedra les hizo en aquel momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondió con una sonrisa forzada. La duquesa se volvió para ver á quién saludaba su amigo, y fijó los gemelos de un modo impertinente en aquélla. Julia, al sentir sobre sí la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo del ojo observó que la duquesa, dejando los gemelos, se inclinó hacia su primo y le dijo algunas palabras, á las cuales respondió éste mirando hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fría y un gesto de displicencia.—Esa mujer le acaba de hablar de mí—pensó Julita, y se estremeció al ver el gesto de don Alfonso. Una ráfaga cálida de ira le abrasó el rostro, y arrojándoles una mirada fiera y despreciativa, murmuró:—¡Hablad lo que queráis; ya veréis lo que me ocupo yo de vosotros!»—Y en toda la noche no volvió, ni por casualidad, á entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre el segundo y tercer acto, Saavedra vino á saludarlas, y se sentó detrás de ellas en una butaca desocupada. Un joven pálido con gafas vino por delante á hacer lo mismo, y se sentó en otra butaca. Julia los presentó á ambos con gran desembarazo:—Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr. Hernández del Pulgar.—Después estuvo jovial y graciosa como nunca. La plática versó sobre el drama que se estaba representando, que era tremebundo y aciago como pocos de la escuela romántica. Julita hizo la parodia de las escenas más conmovedoras con no poca crueldad.

—Me pone nerviosa ese señor que tiene hipo y siempre está diciendo que se va á pegar un tiro. Me alegraría que se lo pegase pronto, y nos dejase en paz. ¡Ay, qué fatiga! No le envidio el novio á esa señorita tan sabihonda, tan antipática. Lo único que tiene envidiable es la facilidad para desmayarse. ¿Diga usted, Hernández, cómo se llama aquel señor tan furioso, que sin pasarle nada siempre está dado á Barrabás!

—D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qué Mercedes rechaza á Fernando luego que se muere su padre.

—Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. ¡Y qué va á hacer esa señorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse, ¡como si lo viera!... Diga usted, ¿qué hacen D.ª Elvira y D. Marcelino metidos tanto tiempo en un cuarto solos?

Los jóvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.

—¡Niña! ¿qué tonterías estás ensartando ahí?—dijo la brigadiera con acritud.