Julita se ruborizó comprendiendo que había ido demasiado lejos; pero no renunció á mostrarse alegre y expansiva, con una afectación que no se le escapó á D. Alfonso ni á su madre tampoco. Hernández del Pulgar se marchó encantado de su amabilidad y su gracia.

En el tercer acto, Saavedra tornó á colocarse al lado de la Duquesa, sin que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro llovía, y D. Alfonso las acompañó hasta dejarlas en un coche de punto. Cuando llegó á casa, media hora después que ellas, encontró á Julia tomando una taza de tila en el comedor.

Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonrió, no muy claramente. Julita se puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso decía: «Ya sé por qué tomas esa tila». Los colores de Julita clamaban á voz en cuello: «¡Me has cogido infraganti!»

Á la entrada del verano Saavedra resolvió irse á pasar una temporada con su madre para después tornarse á París. Julia escuchó la noticia con indiferencia; hasta se puso á cantar poco después unas malagueñas al piano, dejando á su madre y primo conversar acerca del viaje. La brigadiera le rogaba que lo demorase algunos días. D. Alfonso se defendía suave, pero firmemente, alegando que se lo tenía ofrecido á su madre y que ya le había señalado el día en que debía llegar á Sevilla. Obstinábase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada á que le llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre irrevocables. De pronto Julia interrumpió su canto y su solfeo, y volviéndose á medias dijo en tono seco y malhumorado:

—Mamá, le estás molestando. ¡Déjalo ya!

—No me voy por mi gusto, Julia—repuso D. Alfonso con dulzura.—Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que aquí; y que al lado de la tía Angela y al tuyo no echo de menos nada; pero tengo deberes que cumplir con mamá, y tengo que hacer en Sevilla.

Julia escuchó estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo á tocar y cantar sin responder palabra.

El día señalado por D. Alfonso para irse era un miércoles. Los dos ó tres que precedieron á su marcha Julia se mostró risueña é indiferente como antes; pero el círculo que rodeaba á sus ojos era más negro y dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vacío.

Saavedra tenía resuelto marcharse por la mañana en un tren mixto, con el fin de pasar el día en Aranjuez con un amigo que allí tenía casa de campo. Levantóse, pues, de madrugada, y después de arreglarse dió los últimos toques al equipaje. Su tía se levantó también para despedirle y prevenirle además algunas viandas. Pero Julia no dió cuenta de sí y permaneció cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la había llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en que aquélla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se deslizó con disimulo hasta el cuarto de su prima, levantó el pestillo suavemente y entreabrió la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con asombro en el intruso.

—¿A qué vienes?—dijo frunciendo la frente con severidad—¡Vete, vete pronto! ¡Esto es una cosa muy fea!...