Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetró tranquilamente en la estancia y dijo con tono humilde:

—Venía á decirte adiós, prima.

—Adiós—contestó la niña secamente y bajando los ojos al embozo de la cama.

D. Alfonso avanzó, y tomándole osadamente el rostro entre las manos y estampando en él un beso, dijo al mismo tiempo:

—A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo sé que me quieres...

La niña, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella acción atrevida y por aquellas palabras, exclamó:

—¡No, no te quiero! ¡Mientes!... ¡Vete ahora mismo!

—Me quieres, y yo te quiero á tí—respondió D. Alfonso con gran sosiego acariciándole el rostro.

—¡Tonto, necio, presuntuoso!—gritó la niña cada vez más colérica.—No te quiero, pero si te quisiera, bastaría esto para que te aborreciese. ¡Vete!

—No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero por ti.