—¡Muérete cuando quieras, pero vete! ¡Vete ahora mismo, ó grito!
—No te apures más. Me voy—dijo él sonriendo;—me voy, pero ahí te queda mi corazón. Te escribiré en cuanto llegue á Sevilla.
Salió del cuarto y cerró. Quedóse un instante inmóvil y entreabrió de nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y sollozando, con el rostro metido entre las sábanas.
XIII
N efecto, en todo el tiempo de su permanencia en Sevilla, no se acordó de escribirle, acaso porque otras bellezas y otros recreos le tuvieran subyugado, acaso por cálculo, acaso por ambas cosas. En cambio, á menudo mandaba epístolas muy cariñosas á su tía, al cabo de las cuales nunca dejaba de enviar recuerdos á Julia. Este rengloncito de recuerdos irritaba á la niña de un modo indecible. Para no oirlo leer solía escaparse á su cuarto así que veía á su madre con carta entre las manos.