Llegó el mes de Julio. La brigadiera escribió á Sevilla despidiéndose para Santander, en cuyo Astillero tenía alquilada una casita para pasar los dos meses más calurosos del estío. Contestó Saavedra diciendo que él se iba á Biarritz, y desde allí á París, y haciendo votos por que lo pasasen muy bien y Julia se divirtiese mucho.

Mas héte aquí que una tarde del mes de Agosto, hallándose ésta paseando en la Alameda con una familia, que habitaba también en el Astillero (su madre no había venido á la ciudad por estar con jaqueca), ve de repente á su primo paseando en compañía de unos jóvenes. Se puso horriblemente pálida, y acto continuo más roja que una cereza. Su naturaleza nerviosa y ardiente era incapaz de dominar las más leves impresiones, mucho menos las que como ésta la tocaban en lo vivo del corazón. Volvió la cabeza para no saludarle, y eso que advirtió en él ademán de acercarse. Á la vuelta siguiente hizo lo mismo, y así por tres ó cuatro veces, poniéndose tan seria y fruncida, que á cualquiera quitaría las ganas de abocarla. Mientras esto hacía, su imaginación le representó lo feo y extraño de su conducta, y calmada un poco la emoción, no pudo menos de decirse:—¡Qué necedad acabo de hacer!—Á la otra vuelta se encaró de lejos ya con Saavedra y le saludó cortesísimamente, aunque con marcada afectación. Después volvió á su gravedad.

Ó por deseo de ella, pues no estaba á gusto en el paseo, ó de la familia que la acompañaba, lo cierto fué que se retiraron temprano. D. Alfonso, que estaba á la mira, los vió irse. Al cabo de un rato también él se despidió de sus amigos y se fué al muelle, donde alquiló un bote para trasladarse al Astillero. Llegó allá cuando ya cerraba la noche. Despedidos los marineros, se subió lentamente por el frondoso montecillo sin querer preguntar por la vivienda de su tía, esperando que su buena ventura se la deparase.

Recorrió en poco tiempo todo el ámbito de aquel deleitable retiro contemplando las alegres casitas allí nuevamente edificadas, por cuyas ventanas comenzaban ya á verse algunas luces encendidas, deteniéndose frente á las verjas de los jardines por si veía alguna criada de su tía, ó á ella misma en persona ó á su prima. Al fin, en uno pequeñito donde crecían dos magníficas magnolias, que casi lo sombreaban todo, acertó á ver, debajo de un cenador cubierto de madreselva, á su prima sentada en un banco rústico con los codos sobre la mesilla de mármol y el rostro apoyado en las manos en actitud reflexiva. Traía puesto el mismo traje que en el paseo, y ni siquiera se había despojado del sombrero. Una luz extraña brilló en los ojos del caballero: acercóse á la puerta enrejada y chistó discretamente para no ser oído más que de la joven: levantó ésta vivamente el rostro, que súbitamente se le encendió al notar quién la llamaba: vínose después á la puerta y la abrió, saludando á su primo con una sonrisa graciosa, para compensarle, sin duda, de la mala acogida del paseo. D. Alfonso le tomó ambas manos y las apretó con efusión:

—¿Permites?...

Y sin aguardar respuesta, las llevó á los labios y las besó con no menos entusiasmo. La niña las retiró prontamente, pero sin que se apagase la sonrisa que iluminaba su cara.

—No puedo quejarme de mi suerte. Vengo al Astillero, y la primera persona con quien tropiezo, es la que más me interesa.

—¡Sí, sí, á mí con esas!—dijo Julia, sin ponerse tampoco seria.—Voy á avisar á mamá. Lo que menos piensa ella es que tú estés aquí.

—¿No se lo has dicho?

—Estaba descansando cuando llegué, y no quise interrumpirla—respondió la niña ruborizándose por la mentira que decía.