—Bien, pues no entremos todavía en casa: tengo antes que hablar contigo.
Y fué á sentarse en el banco del cenador, y se quitó el sombrero. Julia vaciló un instante; pero al fin también se sentó á su lado.
—¿Tú no sabes lo que yo tengo que decirte?—comenzó él mirándola amorosa y fijamente.
—No soy gitana, chico.
—Una gitana, precisamente, acaba de decirme en Sevilla que una morenita pícara y salada me ha de matar á desdenes.
—¿Y te lo has creído, inocente?
—¿Por qué no?
—Porque tú no puedes morirte más que de pillo.
—Mil gracias, prima.
—No las merece; adelante.