—Pues lo que tenía que decirte... ¿Sabes que era tanto que se me ha revuelto en la cabeza y no sé por dónde empezar? Me pasa lo que á los oradores que se cortan.

—Pues descansa unos minutos. ¿Quieres un vaso de agua?

—No hay necesidad; todo ello se reduce, como los mandamientos de la ley de Dios, á dos verdades: amarte sobre todas las cosas, y pegarme un tiro si tú no me quieres.

—¿Estás seguro de que son verdades?

—Segurísimo.

—¡Vaya todo por Dios! También en esto me he equivocado—dijo la niña dejando escapar con graciosa ironía un suspiro.

—¡Prima, prima, qué mala opinión tienes de mí! ¡Si supieses lo que pasa dentro de este corazón y qué bien aprisionado está en tus redes!

—¡Primo, primo, eres un pez demasiado grande para caer en mis redes!

—Pues yo te juro que soy tuyo, que ni pienso, ni aunque me maten puedo pensar desde hace tiempo en otra cosa más que en ti... ¿Sabes por qué no te he escrito desde Sevilla?...

—Sí; porque no has tenido ganas.