—Nada de eso; ha sido por ver si con la ausencia se apagaba esta hoguera que me consume...

—¡Hogueras y todo! ¡Calla, calla, no seas cursi!

—Ríete lo que quieras, no por eso es menos cierto que he sostenido conmigo una lucha cruel y que me he atormentado mucho para no escribirte... ¿Para qué? me decía. En vano es que conciba esperanzas, pues han de venir al suelo en seguida. ¿No me bastan los desaires que me ha dado?... Porque, prima, tú tienes un talento especialísimo para dar calabazas: no las das de una vez, sino que gozas en repetir un día y otro las tomas con refinada crueldad. Tengo apuntados en mi cartera los desaires, las malas contestaciones y hasta los insultos que me has dirigido en el espacio de dos meses... ¡Es cosa que pasma!... Mira... En buenas ó malas palabras me has llamado once veces viejo, veintisiete fatuo, veintidós tonto, seis orgulloso, una mal hijo, dos perdis, una D. Juan averiado, una descortés. Total, sesenta y un injurias... Aquí tienes...

—¡Qué tontería!—exclamó Julia riendo á carcajadas y dando un manotazo á la cartera que la hizo caer.

—Esta es la pura verdad—repuso D. Alfonso recogiéndola.—Y á pesar de todo ello, soy tan estúpido, que aún sigo queriéndote, mejor dicho, que cada día te quiero más, como lo prueba mi venida á Santander. Desde que me he separado de ti, Julia, no he tenido un momento de tranquilidad. Aunque procuraba por todos los medios imaginarios distraerme, no acordarme de ti, siempre tu imagen graciosa se interponía delante de mi vista. En Madrid padecía mucho, pues siempre estaba fluctuando entre el temor, la esperanza y la desesperación; pero en Sevilla, lejos de ti, echaba de menos esos sufrimientos y me parecía que el placer de verte, de escuchar tu voz y vivir bajo el mismo techo, los compensaban muy bien y aun quedaba ganancioso... No sé lo que me pasa; ó estoy loco ó me has dado hechizos. He recorrido el mundo y he tratado muchas mujeres; pues bien, te juro que ninguna me ha traído tan desasosegado, tan inquieto, tan fuera de mí como tú. Y que digo la verdad, bien lo sabes, pues no hay más que mirarme á la cara...

En efecto, D. Alfonso, al pronunciar estas palabras, parecía conmovido y tembloroso. Y como su carácter, aunque afable, era frío, impasible, con ribetes de desdeñoso, aquella emoción que en él se traslucía causaba doble efecto. Se había apoderado de una de las manos de Julia, y la apretaba entre las suyas. Ésta, roja de placer y sonriendo, exclamó con voz alterada también:

—¡Tan vivo lo pintas, que no va á haber más remedio que creerte!

—¡Sí, créeme, créeme, prima!—dijo Saavedra, besando con pasión la mano que tenía.—Porque aunque no me quieras, me llena de placer el que sepas que te adoro con toda mi alma. Mi suerte está echada. En tu boca está ahora mi salvación ó mi muerte. Merezco que me mates por la increíble simpleza de haber supuesto al marchar que me querías y habértelo dicho. ¡Cuánto me pesó después aquel acto! No me cansaba de llamarme necio, sandio y majadero...

—Pues mira, sigue llamándote ahora todo eso... por habértelo llamado antes sin razón—dijo Julia, lanzándole una mirada entre cándida y maliciosa.

—¿Será posible?...—exclamó Saavedra con ansiedad.