—Muy posible.
—¿Quieres que te lo haga tragar con cuchara, primo?—dijo ella con impaciencia.
—¡Ay, prima hermosa, prima saladísima, prima divina, qué feliz me haces!
D. Alfonso, al mismo tiempo, la estrechó en sus brazos y acercó varias veces los labios al rostro de la niña, á pesar de la resistencia que ella le oponía.
—¡Basta, basta!—dijo, haciendo esfuerzos por irritarse y consiguiéndolo á medias.
En aquel momento un bulto blanco se acercó á la verja y dijo con voz chillona:
—Julia, Julita.
Ésta se desprendió con violencia de los brazos de su primo, y fué hacia allá.
—Esperanza; aguarda, allá voy.