Era una de las vecinitas que la habían acompañado al paseo; venía á invitarla á comer, anunciándola que después se bailaría. D. Alfonso se levantó y también se acercó á la verja y lanzó á la vecinita una mirada que, á ser ella de algodón pólvora, hubiera habido desgracias; pero dominándose prontamente, la saludó con toda cortesía. Rehusó Julia, bastante alterada, el convite, pretextando que su mamá estaba con jaqueca. La vecinita, no menos confusa, y mirando alternativamente á su amiga y D. Alfonso, no se atrevió á insistir y se retiró en seguida para ir á contar lo que había visto y lo que no había visto. Como ya era noche, los primos entraron en casa, donde después de los consiguientes y efusivos saludos cambiados entre tía y sobrino, se sirvió la comida. Mientras duró, las mejillas de Julia conservaron los colores que hacía meses se habían huído. Sus ojos brillaban risueños. En todos sus gestos y movimientos advertíase la viva emoción que la agitaba y una alegría que nada tenía de afectada como otras veces.

XIV

N deseo le retozaba á Miguel hacía tiempo por el cuerpo; y era el de reunir á algunos amigos en casa para celebrar á un mismo tiempo su matrimonio y la esperanza de tener muy presto un hijo. Aunque no se lo confesaba, lisonjeábale el intento de mostrarles su habitación, que, enteramente amueblada ya, estaba hecha una tacita de plata, todo nuevo y flamante, que daba gloria verla; y un poco, también, la vanidad pueril, aunque muy disculpable, de aparecer ante la sociedad como hombre de casa abierta y jefe de familia. Maximina, al escuchar la proposición, quedó turbada y confusa. Nunca había entrado en sus cálculos el «hacer los honores» de una reunión, por más que su marido la asegurase que sería de confianza. Cuando era simple tertuliana, esto es, cuando Miguel la llevaba por la noche á alguna casa conocida, se encontraba siempre cohibida y acortada, sin saber qué hacer ni decir, no quitando los ojos de él, para que la infundiese aliento; ¿qué sería ahora, obligada á saludar á todo el mundo, á decir á cada cual una palabra galante y á prevenir y adivinar sus deseos?—«¡Oh, Miguel; me voy á morir de vergüenza!»—Él se reía de sus temores y hasta hallaba un aliciente más para su proyecto, en ver á su esposa, tan niña, tan inocente y tan tímida, «oficiando de señora».

Al principio se pensó en un almuerzo; mas pronto se desechó el proyecto, atento que en el comedor sólo cabían cómodamente una docena de convidados. Después se imaginó dar por la noche lo que entonces estaba muy en boga, un te; pero á Miguel le pareció esto poco. Al cabo de muchas vacilaciones, se vino á resolver que sería una reunión ó soirée, con una semi-cena, compuesta de manjares fiambres. El pretexto para ella sería escuchar la lectura de un drama que su compañero de redacción, Gómez de la Floresta, había escrito, y que no acababa de representarse por intrigas de Ayala, García Gutiérrez y otros pocos ingenios que tenían vara alta en los teatros «y los monopolizaban».

—¿Pero no decías que era muy pesado ese drama, que te habías aburrido oyéndole?—preguntóle Maximina.

—Por lo mismo. En esta clase de reuniones es requisito indispensable que lo que se lea sea malo, porque todo lo que venga después de la lectura les parece á los convidados admirable. Con este drama, ya puedes traer champagne de treinta reales, que se lo beberán como néctar.

No entendió bien Maximina el razonamiento de su marido, y se le quedó mirando con los ojos muy abiertos; pero viendo que nada añadía para explicárselo, pasó á otro asunto, el de las invitaciones.—¿Á quién convidarían?—Por de pronto, á mamá y Julia.—Bueno; ¿y después?—Á la prima Serafina.—¿Quién la acompañará?—Que la acompañe Enrique.—¿Invitaremos á Eulalia?—Bueno; pero te advierto que no vendrá; su marido no acaba de tragarme.—¿Á las de Ramírez?—No hay inconveniente.—¿Á Asunción?—Tampoco.—Maximina se detuvo un instante, se puso más seria y dijo rápidamente:—Á las de arriba, por supuesto.—Una sonrisa imperceptible se dibujó en la boca de Miguel, y contestó:—Como tú quieras.—Á la tía Anita, también, claro.—Hombre, sí; me alegraré de ver á tío Manolo por aquí.—¿Y de hombres, á quién se invita?—Eso corre de mi cuenta.—¿Convidarás á tus compañeros de redacción?—Veremos; según como anden de ropa.—¿Y á Carlitos?—Sí; y será el encargado de ilustrar á la reunión sobre todos los puntos que se toquen.—¿Y á Mendoza?—¿Habíamos de dejar el más precioso ornamento?... Y eso que ahora, con el cuento de su matrimonio y la política, anda muy ocupado.