Ya que se acabó este negocio de las invitaciones, y se convino en escribir algunas cartas y visitar á ciertas personas para invitarlas personalmente, quedóse Maximina algún tanto pensativa y melancólica.
Al fin, cogiendo á su marido de la mano, y mirándole amorosa y tristemente, le dijo:
—Estoy segura de que te voy á avergonzar, Miguel... Yo no estoy acostumbrada á estas cosas. ¡Virgen María, cuánto daría yo por ser como una de esas señoritas tan elegantes y tan finas que tú saludas en los teatros! No sé cómo te has casado conmigo, que ni soy hermosa, ni puedo igualarme con las personas que tú tratas.
—¡Calla, calla!—dijo él tapándole la boca.—Estoy más orgulloso de haberme casado contigo, que si fuese con una princesa de la sangre.
—Yo sí, Miguel—repuso ella, rebosando sus ojos de amor y de dicha,—yo sí que estoy orgullosa de ser tu mujer, y que me hayas preferido á tanta mujer hermosa, elegante y rica, siendo una pobrecilla desvalida...
—Calla, calla... ó te muerdo—repitió él besándola con pasión.
En los días siguientes, como se había convenido, comenzaron los preparativos, y se pasaron las tarjetas de invitación. Miguel fué en persona á convidar á su tío Manolo.
Habitaba éste un magnífico cuarto en la calle del Pez. Con el matrimonio habían cambiado poco sus costumbres. Grave ofensa se le haría suponiendo que había cedido poco ni mucho en los prolijos cuidados que siempre había dedicado á su gallarda figura. Nada de eso. Las tinturas y cosméticos seguían en armonía con los últimos adelantos de la química; la faja y los tirantes en relación con los progresos de la ortopedia; el mejor zapatero de Madrid, el dentista más hábil, el sastre y el perfumista más acreditados. El tío Manolo era un monumento tan admirablemente conservado, que de él pudiera tomar ejemplo el Gobierno español para los suyos. No obstante, el tiempo despiadado había ido socavando aquel soberbio edificio, y ya algunas de sus grietas se percibían claramente en su fachada: las patas de gallo y las arrugas de todo linaje eran cada día más profundas: á despecho de los tirantes, se inclinaba un poco hacia adelante; el paso, en fin, no era ni la mitad tan ligero y firme como antes. No había duda que al menor descuido ó desmayo en su conservación vendría al suelo ruidosamente.
Miguel encontró á su tía Ana, por variar, al lado de la Chimenea, y eso que la estación aún no empujaba hacia el fuego. ¡En ella sí que su señoría el tiempo se iba cebando de lo lindo! Tanto, que era más fácil creer que la buena señora, una vez casada, había olvidado enteramente el cuidado y aliño de su persona, que no que en tan breve espacio se ocasionara tan fuerte estrago. Porque la intendenta tenía ahora todo el aspecto de una setentona; los cabellos ralos y blancos, el rostro desmayado y marchito, el talle de barril y las manos negras y arrugadas, que daba asco verlas.
—Adiós, tía, ¿cómo sigue usted?