—Regular, hijo, ¿y tú?—contestó ella perezosamente con voz quejumbrona.

—Yo bien, ¿y el tío?

—¿Qué sé yo cómo está tu tío?—repuso con acritud.—Ni me importa tampoco. ¿Y tu mujer? ¿Le molesta mucho su estado?

—Nada; sigue perfectamente.

Miguel observó que el tono despreciativo con que siempre hablaba la intendenta de su marido se había acentuado ahora de un modo alarmante. En la inflexión de la voz podía notarse no sólo desprecio, sino encono. Decidió, por consiguiente, no tocar este punto y llevar la conversación á otros parajes. Mas á pesar de sus esfuerzos, la intendenta traía, á menudo, la ocasión por los cabellos, para hacer alguna observación que recayese en desprestigio de su marido, cosa que á Miguel, como es natural, no le hacía ninguna gracia. Por eso, después de anunciarle el objeto de su visita, cortó la plática, pasando al cuarto de su tío.

Hallólo envuelto en una magnífica bata, sentado y leyendo un periódico, mientras el barbero daba los últimos toques con las tenacillas á las guías del bigote. No poco se alegró de ver á su sobrino, con el cual mantenía estrechas relaciones de camarada más que de tío. Desde luego aceptó con extremado gusto su invitación y le dió acerca de la proyectada cena prudentísimos consejos debidos á su luenga experiencia.—«Mira, díle á Lhardy que te prepare unas codornices trufadas como las que mandó hace pocos días á casa del ministro de Suecia, y unos sollos de río mechados, rellenos con baño de crema de cangrejos que he comido en el baile de los de Vélez. Después de esto encarga lo que quieras. Te participo que los vinos debes tomarlos en la bodega de Pardo de la calle del Carmen. Pide el Margot de diez años, y díle á Pardo que eres mi sobrino para que no te engañe... Te advierto que debe templarse un poquito momentos antes de pasar la gente al comedor. El champagne de la marca que yo tomo siempre, díselo. Jerez no tomes, yo te mandaré dos docenas de botellas de un barril que me han regalado; es de lo mejor que he bebido... Pero, en fin, yo iré por tu casa el día de la cena para prevenir lo que haga falta.»

Cuando se despidió el barbero, Miguel quiso sondar al tío acerca de su vida doméstica, pues no se le caía de la imaginación las palabras agresivas de la intendenta. Comenzó dando rodeos para llevar la conversación al punto que deseaba; mas cuando al cabo llegó, el tío Manolo le detuvo con un gesto lleno de dignidad.

—¡De mi mujer, ni una palabra, Miguel!

Extendió el brazo con majestad, frunció la frente terriblemente, y sus cabellos perfumados se agitaron sobre su cabeza inmortal.

Bien entendió Miguel, por las señas, que las relaciones de sus tíos no debían ser excesivamente cordiales, y determinó observarlos en silencio.