—Vamos á almorzar, que es hora—dijo el Sr. de Rivera sacando el reloj.—Tú almorzarás con nosotros, ¿verdad?
—Acabo de hacerlo, tío.
—Bien, entonces nos verás almorzar y saldremos juntos.
Pasaron al comedor, donde ya aguardaba la señora, y marido y mujer se sentaron á la mesa uno frente á otro, mientras el sobrino se acomodó no lejos de ellos en una silla. Pero una cosa le dejó estupefacto inmediatamente, y fué el ver al lado del plato de su tío, además del cubierto, un grande y magnífico revólver de seis tiros. Y su estupor creció al ver que el tío Manolo lo separaba suavemente un poquito como si se tratase del vaso, el tenedor ó cualquier otro de los enseres indispensables de la mesa; y todavía más al observar que su tía no hacía alto en ello y comenzaba tranquilamente á comer sus huevos cocidos como si fuese la cosa más natural del mundo. La imaginación de nuestro héroe comenzó á dar más vueltas que una rueda, perdiéndose en un piélago de conjeturas; mas nunca se atrevió á preguntar lo que aquello significaba, por más que la curiosidad le picase cruelmente, pues entendía sobradamente que cualquier pregunta sería indiscreta. No por eso se crea que renunció á saberlo; pero lo aplazó para mejor sazón.
El almuerzo se concluyó sin que ocurriese nada que pudiera exigir el uso del arma mortífera que el señor de Rivera tenía á su derecha, como era de esperar, dado que á la una del día no es costumbre que los salteadores penetren en las casas. La conversación fué general, aunque los esposos se dirigieran pocas veces la palabra, sobre todo el tío Manolo, que hacía empeño de prescindir por completo de su consorte. Esta, en cambio, lo ponía en lanzarle indirectas como balas rasas y pincharle y pellizcarle á su sabor hablando con el sobrino. El gallardo caballero, cuando el alfilerazo le dolía, clavaba una mirada iracunda en su dulce enemiga, y como ella se guardaba muy bien de sostenerla, sacudía la cabeza en testimonio de cólera, y hacía una mueca expresiva á su sobrino, cumplido lo cual tornaba á engullir lo que tenía delante.
Cuando hubieron terminado, despidióse Miguel muy cortésmente de su tía, y después de entrar nuevamente en el cuarto del tío Manolo para que se despojase de la bata, salieron juntos á la calle. En cuanto puso los pies en ella el Sr. Rivera, desapareció como por ensalmo el mal humor y la tristeza que le habían acompañado en el último tercio del almuerzo. Sacó la petaca, dió un cigarro á Miguel y encendió otro, comenzando á chuparlo con fruición mientras caminaban la vuelta de la Carrera de San Jerónimo. Miguel no podía, sin embargo, apartar de la memoria el revólver, y ansiaba descubrir el misterio que encerraba. Cuando hubieron doblado la esquina de la calle de la Puebla, hizo alto un instante, y le preguntó con osadía:
—Vamos á ver, tío, aunque usted me califique de indiscreto, voy á hacerle una pregunta, porque ya no puedo sufrir más la curiosidad... ¿Qué diablo significaba aquel revólver que usted tenía al lado del plato durante el almuerzo?
Nublóse otra vez al oir esto el rostro del ex-gentil caballero, bajólo hasta tocar con la barba en el pecho, y se puso nuevamente á caminar sin responder palabra. Al cabo de buen espacio, dejó escapar un profundo y dolorosísimo suspiro, y comenzó á decir con voz sorda:
—Has de saber, Miguel, que de algunos meses á esta parte mi vida es un infierno. Mi mujer (que, entre paréntesis, es la criatura más empalagosa que Dios echó al mundo) ha dado en la manía de pedirme celos. ¿Crees tú que un vejestorio semejante, un cuerazo, una zapatilla vieja tiene derecho á pedir celos á un hombre como yo? ¿No te parece que he hecho demasiado cargando con ella? Pues en vez de agradecerme este sacrificio, tiene la pretensión de que la adore, que me muera de amor por sus pedazos. Y como esto es el colmo del ridículo y no puede ser, me tiene comida el alma. Cuando me levanto, cuando me acuesto, cuando salgo de casa, cuando entro, cuando como y cuando duermo, ni un instante puedo disfrutar de sosiego: sobre todo á la hora de las comidas me martirizaba de tal modo, que llegué á comer la mitad menos, y aun eso me costaba trabajo digerirlo. No podía continuar así sin peligro de enfermar. Á grandes males, grandes remedios. Un día cogí el revólver y le dije:—«Si á la mesa me vuelves á decir otra palabra que me incomode, te meto una onza de plomo en la cabeza». Santa palabra fué aquélla, pues desde entonces no volvió á molestarme, y sólo hoy, prevalida de tu presencia, me ha lanzado algunas indirectas. Mi criado está encargado, al poner la mesa, de colocar el revólver á mi lado... Acaso te figurarás que tiene celos de alguna persona determinada y que yo hago mal en no desviarme de ella y quitarle de este modo ocasión para que me martirice; pues nada de eso hay. Cada día se cela de una mujer distinta, y ninguna vez acierta con la verdadera. Hombre, para que veas qué estúpida es, te diré que anteayer me envió una buena señora, á quien jamás se me ocurrió decirle por ahí te pudras, dos docenas de pastelillos, y sin más ni más, tiró la fuente al suelo y se puso á insultar al criado lo mismo que una sardinera. ¡Díme tú ahora si necesito paciencia, y si no me hubiera valido más haberme roto entrambas piernas, que haberme casado con esta calamidad!
Calló el tío Manolo y siguió un buen rato en silencio rumiando sus tristes meditaciones. Miguel no osó turbarle, pues harto comprendía que ningún consuelo eficaz podía ofrecerle. Al cabo, aquel varón magnánimo, más rico cada día en mortificaciones, detuvo otra vez el paso y preguntó con severa entonación al sobrino: