—Díme, Miguel, ¿no sabes de algún punto infestado ahora por el cólera ó por otra enfermedad contagiosa?
—No sé, tío—respondió aquél, pugnando por no reir.—¡Qué ocurrencia! ¿Acaso quiere usted matar á su mujer?
—Hombre, no; matar no. Yo no pienso en todo caso más que dejar á la naturaleza obrar... ¡Pero si tengo una suerte más negra! Figúrate que supe por un médico amigo que Madrid está lleno de calenturas y pulmonías por la mala costumbre de bajar al Prado por la noche en el mes de Septiembre. Pues bien: después de muchos ruegos y hacerme almíbar para ello, conseguí que mi mujer me acompañase á paseo unas cuantas noches. Vaya, me dije, si no pilla una pulmonía, lo que es unas calenturitas deben de caer, y como ella está débil... ¿entiendes?
—Perfectamente, ¿y las cogió?
—Calla, hombre, calla, ¡qué había de coger! El que cogió un catarro y estuvo cuatro días en la cama fuí yo. Aún no se me ha quitado la tos.
Caminaban á todo esto por la calle de Peligros, y vieron venir hacia ellos una joven no mal parecida, aunque traía las mejillas embadurnadas con colorete y lo mismo los labios. La ropa era llamativa y harto ligera. Al pasar sonrió frente al tío Manolo, dirigiéndole un saludo muy expresivo.
—¿Quién es esa muchacha?—preguntó Miguel.
—¿No la conoces? Es la Josefina García, una figuranta de los Bufos.
Y después de caminar algunos pasos más, añadió con cierta turbación:
—Mira, Miguel, si me dispensas voy á dejarte... Á las cinco nos veremos en la Cervecería, si tú quieres...