—Bueno, tío, bueno—respondió aquél sin poder reprimir una sonrisa.—Vaya usted donde guste. Ya nos veremos.

Y se despidieron con un apretón de manos.

XV

UÁNTO afán, cuánto disgusto costó á Maximina el preparar aquella fiesta! Su genio tranquilo se acomodaba mal con el de Miguel, sobradamente vivo y expedito. De aquí que al poner mano en los pormenores de la función se originasen desabrimientos entre ambos. Sin tener presente que era la primera vez que se veía metida en tales belenes, exigía Miguel de ella cosas imposibles. La pobre niña, viéndole enojado, hacía esfuerzos increíbles por acertar en todo, no porque el resultado le importase mucho, sino porque temía más que á la misma muerte cualquier reprensión de su marido. Este, sin comprenderlo, porque le cegaba la impaciencia, no las escaseaba en aquella ocasión, apurándola y mortificándola más de la cuenta. Sólo cuando después de alguna advertencia hecha en tono áspero veía asomar una lágrima á sus ojos se hacía cargo de lo injusto é insensato que había estado, y corriendo á ella la cubría de besos pidiéndole perdón. Maximina se ponía repentinamente contenta, y secándose los ojos le decía con inocencia conmovedora:

—Yo haré cuanto pueda por darte gusto. ¿No me reñirás más, verdad?