Concluyeron al fin los preparativos. Se compraron algunos nuevos muebles para el salón y se le adornó con elegancia. En el gabinete contiguo se puso la mesa, y en esta tarea les ayudó poderosamente el tío Manolo. Alquiláronse algunos criados para el servicio: se decoró convenientemente una de las alcobas para tocador de las señoras, adornóse la escalera con macetas de flores y se iluminó profusamente y lo mismo todas las habitaciones de la casa; al portero, mediante una buena propina, se le exigió que permaneciese en vela toda la noche con la puerta abierta y el portal iluminado. Tampoco se descuidó lo referente al vestido de Maximina. Miguel se empeñaba en que fuese rico y espléndido, á lo cual ella se oponía vivamente. Por último, se convino en dejarlo al arbitrio de la modista. Y el mismo día de la fiesta por la mañana vino aquélla con un traje sencillo, sí, pero de extremada elegancia. Mas ¡oh tristeza! aquel traje era descotado por delante en forma de corazón. Miguel encontró á su mujer abatida en un sofá con el vestido entre las manos y á punto de saltársele las lágrimas, mientras la modista, reprimiendo á duras penas la ira, sostenía que aquel reparo era impertinente, que ninguna señora cuando recibía en su casa en una tertulia de esta clase dejaba de descotarse poco ó mucho, y que el descote aquel era de lo más comedido que pudiera verse. Á todo lo cual replicaba Maximina dulce, pero firmemente, que ella no se había descotado jamás y que se moriría de vergüenza si ahora lo hiciese. Miguel trató de dar la razón á la modista, pero viendo la tristeza que se pintaba en el rostro de su esposa, y secretamente halagado por aquel delicado pudor, cambió repentinamente diciendo:

—Bueno, no se hable más del asunto. Si el traje se puede arreglar para hoy, que se arregle; si no, escoge entre los que tienes el que mejor te parezca.

Con dificultad se avino la modista á arreglarlo; mas viendo la firme resolución de los dos, no le quedó otro medio, y entre Maximina y ella excogitaron lo mejor para remediarlo.

Por la noche, después que la mesa fué puesta y el tío Manolo se marchó, quedaron los esposos solos con los criados. Maximina se encerró en su cuarto para vestirse y Miguel fué á hacer lo mismo al suyo. Cuando terminó, mandó encender todas las luces. Poco después de iluminada la casa, salió Maximina del cuarto hecha un botón de rosa.

—¡Oh, qué linda!—exclamó Miguel al verla entrar en el despacho, donde estaba arreglando los libros que andaban diseminados por las mesas.

La niña sonrió ruborizada.

—Vamos, no hagas burla de mí.

—¡Por qué he de hacer burla, criatura, si estás más hermosa que nunca!

En efecto, Maximina, que había embellecido mucho después del matrimonio, mostraba ahora toda la gracia fresca y sencilla con que el cielo la había dotado. La emoción le había prestado más color: la anchura, que ya bien se notaba en su talle, en vez de quitarle atractivo, se lo prestaba muy grande por el contraste que resultaba entre aquellas formas exuberantes que la maternidad iba imprimiendo en su cuerpo y la expresión enteramente infantil del rostro. El traje era de color de hoja seca: para cubrir el escote se le había puesto un peto de granadina muy tupida.

Miguel la tomó por las manos y la contempló algunos momentos con ojos de enamorado. Las cabezas de las criadas asomaron por la puerta para ver á su señorita.