La niña le pagó con una sonrisa amorosa.
La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.
—¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?
—Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche... ¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?
—Las dos se han ido á recados.
—¿Qué, no han venido todavía?
—¡Pero, señorito, si acaban de salir!
—Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.
Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de genio: estaba como loco: iba y venía por la casa á grandes trancos: mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba con todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba á su esposa, la acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:
—¿Qué tal estás?