En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron á casa. En cuanto estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas de una gran batalla. Comenzó á dictar á las criadas, en voz baja, órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente á la puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete. Miguel presidió en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete, los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

—¿Qué sábanas ponemos?

—Toma las llaves, saca las que quieras.

—¿Las mejores dónde están?

—En el estante de arriba.

—Pondremos una colcha de damasco.

—¡Se va á estropear!

—No importa; es la mejor ocasión para echarla á perder.

—¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

—¿Por tu causa?—exclamó él entre sorprendido y enfadado.—¡Pues estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!