—¿Es fatiga solamente?—preguntó él mirándola con interés.—¿No te sientes mal?

—Un poquito—respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

—Voy á llamar un coche.

—No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

—¡Estás pálida!

—Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

—Ya sé lo que tienes. Voy á llamar un coche.

La niña bajó la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.