—Perdóname.
—¡Oh, no, Miguel!—gritó ella en el colmo de la confusión y la vergüenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar á su esposo.—¡No me avergüences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe pedirte perdón por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que te he dado... ¡Suéltame! ¡Suéltame!... ¿Me perdonas?... Estaba loca, loca rematada... Pensé que no me querías ya, y se me amontonó el juicio... Quería morir á todo trance.
—¡Quieta, quieta!—repuso él sujetándola con fuerza.—Mañana haz lo que quieras. Hoy me toca á mí pedirte perdón y jurarte por Dios que ni con la chica de arriba, ni con otra alguna, te daré más celos en lo que me resta de vida.
Y es fama que cumplió su juramento.
XVI
CAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes de Febrero, Maximina dijo á su esposo:
—Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos á casa?