Pero Miguel ya había huído desalado por la calle del Príncipe. Y de repente se encontró otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se detuvo, y apretándose las sienes con las manos, exclamó con angustia y en voz alta:

—¡Dios mío, qué me pasa!

Miró á todas partes con abatimiento, y no viendo á nadie, penetró en los jardines del centro para llegar primero á su casa y pedir auxilio al portero. Mas hete aquí que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno de los bancos que allí hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.

—¡Maximina, Maximina!

La niña, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la levantó con viveza. Miguel la tomó por la mano, la levantó suavemente, la obligó con la misma suavidad á apoyarse en su brazo, y salvó en silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el portal, dijo con naturalidad, en alta voz:

—¿Por qué no me has avisado, mujer? ¡Buen susto me has dado!

Los porteros les saludaron.

—¿Podemos cerrar ya, señorito?

—Cuando ustedes quieran.

Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y después de haber dado las órdenes oportunas para que todas las luces se apagasen, Miguel condujo á su mujer hasta la alcoba; echó el cerrojo á la puerta, y dirigiéndose á la niña, que le miraba llena de espanto y zozobra, la obligó á sentarse en una silla. Después, arrodillándose á sus pies y besando sus manos con efusión, le dijo: