—Nosotros habíamos ido al patio á llevar algunos tiestos de la escalera—manifestó la portera.

Miguel, sin más explicación, se lanzó á la puerta.

—Señorito, ¿va usted así? Va usted á coger una pulmonía.

En efecto, iba de frac. Deteniéndose y haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer tranquilo, repuso:

—Es verdad; hágame el favor de subir por mi abrigo.

Cuando se lo trajeron dijo, poniéndoselo:

—Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardaré.

—Pierda cuidado, señorito; aquí estamos.

Una vez en la calle, no supo adónde dirigirse. El corazón le daba saltos dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia. Después de vacilar algunos momentos, emprendió su camino por la plaza del Ángel sin razón alguna para ello; pero tampoco la había para tomar otra dirección. Apretó el paso cuanto pudo sin ver á nadie más que al sereno allá en la esquina. Entró en la calle de Carretas y tampoco vió más que un grupo de jóvenes que se retiraban disputando sobre literatura. Al llegar á la Puerta del Sol, distinguió á lo lejos en la acera de la Carrera de San Jerónimo el bulto de una mujer. Experimentó una fuerte conmoción, y sin considerar que podían tomarle por un malhechor, echó á correr en pos de ella. Era una desgraciada, que al volverse para ver quién la seguía de aquel modo, encontró los ojos atónitos, espantados, del joven.

—Oye, querido—le gritó con voz ronca.