Y entró en el despacho.
¡Necio Miguel! ¡cobarde Miguel! Pasarán los años, y cuando acudan á tu memoria estas palabras, sentirás que se te desgarra el corazón y que las lágrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la cólera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que podían causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentóse delante de la mesa, abrió un libro y se puso á leer; mas no logró recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenzó á darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder descifrar su sentido. Cerró el libro, se levantó y entró de nuevo en la sala con un punzante deseo de reconciliación. Maximina ya no estaba allí. Dirigióse al gabinete y la alcoba, y no la halló. Fué al comedor y á las habitaciones interiores: tampoco. Preguntó á los criados, y éstos no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se había metido en cualquier escondite de la casa, se puso á registrarla toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera, quedó extático y mudo, con la consternación pintada en el semblante.
—¿Alguno de ustedes ha abierto la puerta?
—No, señorito; no nos hemos movido de aquí.
Pálido como un muerto, cogió el sombrero de copa que pendía de la percha y bajó á saltos la escalera, que aún estaba iluminada. Halló al portero disponiéndose á apagar.
—Remigio, ¿ha visto usted salir á mi mujer?
El portero, la portera y la madre de ésta le miraron con asombro. Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, añadió:
—Yo no sé si habrá ido á acompañar á mi madre y hermana hasta su casa. Mamá se sentía mal y mi mujer no quería dejarla marcharse...
—Señorito, nosotros no podemos decirle á usted nada con seguridad. Han salido muchas señoras... No pudimos distinguir.
—Hace poco—dijo una niña como de seis años—he visto salir á una señora sola...