—Vamos, no digas tonterías, Maximina.

—Digo lo que es verdad, lo que todo el mundo ha visto... Esa mujer te quiere ó desea atormentarme. En toda la noche no ha dejado de echarme miradas burlonas...

—¿Sabes que te pones muy ridícula con tus celos? ¿Por qué te había de mirar Filomena de ese modo? Demasiado conoces su carácter, que siempre está de broma, y que esa expresión jocosa es habitual en sus ojos.

—¡Defiéndela, hombre, defiéndela!—exclamó la niña con acento de dolor.—¡Ella es la buena, la santa, la mujer de talento! ¡Yo soy la tonta, la necia, la ridícula!

Miguel se levantó, echó una mirada colérica á su mujer, y alzando los hombros con desprecio, exclamó:

—¡Qué estupidez!

Y se alejó lentamente en dirección al despacho. Al sentir los pasos de su marido, Maximina levantó vivamente la cabeza, y gritó con suprema angustia, los ojos bañados de lágrimas:

—¡Miguel! ¡Miguel!

Pero éste, sin volver siquiera la cabeza, respondió con afectado desdén:

—¡Vete á paseo!