La niña no contestó.
—¿Por qué lloras?—añadió con frialdad cruel.
Tampoco contestó Maximina. Miguel esperó un instante en pie: después se sentó en el otro extremo del sofá. Las luces de las arañas ardían silenciosamente. No se oían más ruidos que los que los criados hacían allá en el comedor y la cocina. Percibíase en el salón un penetrante olor, producto de todos los perfumes que las damás habían traído consigo. El hijo del brigadier Rivera, con el cuerpo doblado hacia adelante y los codos apoyados en las rodillas, jugaba con un guante. Al cabo de prolongado silencio ella exclamó entre sollozos:
—¡Madre mía, qué desgraciada soy!
El rostro de él se contrajo violentamente con expresión colérica. Después de un rato, haciendo esfuerzos por dulcificar la voz, pero saliendo con todo áspera en demasía, dijo:
—Lo ignoraba en absoluto. No pensaba que fuese tan mal marido.
—No, Miguel, no—se apresuró ella á decir;—eres muy bueno para mí; pero hoy me has atormentado mucho... acaso sin saberlo.
Miguel dejó escapar una risita irónica.
—No soy yo quien te atormenta: eres tú misma. Te empeñas en ver visiones, te pones loca y cuando menos se puede imaginar, ¡zas! haces una barbaridad... El paso que acabas de dar levantándote en actitud airada á llamar á Filomena, y la dureza con que le has hablado, pudo habernos comprometido á todos... Por fortuna, ella es una chica de talento que ha sabido disimular...
—Sí, sí, disimula porque le conviene. ¡Ya lo creo que disimula!