—¿Viene usted, sí ó no?—dijo la niña parándose en medio del salón y lanzándole una mirada cargada de odio.
Jamás había visto Miguel en los ojos de su esposa aquella expresión, ni sospechaba tal energía en su voz.
—Voy, voy, Maximina—dijo la joven apresurándose á levantarse.
Y haciendo al mismo tiempo una mueca á Miguel, le dijo por lo bajo:
—¿Lo ve usted? Su mujer está ya celosa.
Miguel las miró salir, no sin algún sobresalto.
Saavedra, al ver levantarse á su pareja tan inopinadamente y con tal menoscabo de su fama de seductor, había fruncido la frente y se había mordido los labios con ira. Julia, que á pesar de hallarse embebida, al parecer, en la conversación con el cadete, no había perdido un solo pormenor de esta escena, lanzó una carcajada estridente. El caballero le dirigió una mirada atravesada y maligna, cuyo alcance estaba ella muy lejos de sospechar entonces.
El sarao terminó cuando el señor de Ramírez, sacando el reloj, anunció en alta voz que eran las dos y media de la madrugada. Varias mamás se levantaron como movidas por un resorte. Las niñas imitaron perezosamente su ejemplo. Formóse un grupo muy grande en medio del salón. Oyéronse adioses sin cuento, ruido de besos y carcajadas femeninas. Á la puerta de la escalera los jóvenes esposos despedían á sus tertulios ayudándoles con los criados á ponerse el abrigo y recibiendo de ellos las gracias y la enhorabuena. Después todo quedó en silencio.
Los jóvenes se volvieron al salón. Maximina se hallaba extremadamente pálida, según pudo percibir su marido con el rabillo del ojo. También notó que se dejó caer sentada en un sofá. Él, haciéndose el distraído, bajó la luz de los quinqués que ardían sobre la chimenea, y colocó algunos muebles en su sitio. Al volverse una de las veces vió á su esposa de bruces sobre uno de los almohadones en actitud de sollozar. Se dirigió á ella y le dijo manifestando sorpresa:
—¿Lloras?