Maximina le miró sorprendida.
—Antes, menos que ahora: las mejoras que se hicieron son de cinco ó seis años á esta parte.
—Antes valía infinitamente más, porque estaba usted allí.
—¡Jesús! ¿Qué importa que yo esté allí ó deje de estar?—exclamó inocentemente la niña.
—Porque usted, aquí, y allí, y donde quiera que esté—repuso el caballero, picado por la indiferencia ingenua, sin asomo de coquetería, de la joven esposa,—será siempre un objeto precioso digno de llamar la atención de todos. Y lo que la hace más preciosa aún y más digna de admiración, es que usted no tiene remota idea siquiera de lo que vale; es usted una flor hermosa, fresca, aromática, que no sabe nada de sí misma...
Maximina no había oído estas últimas palabras. Sorprendiendo una mirada intensa de su marido á Filomena, no sabemos qué debió ver en ella, que la heló de espanto. Quedóse pálida como la cera, y acometida súbito de una idea que entonces juzgó salvadora, se levantó sin contestar á Saavedra, y dirigiéndose á Filomena, le dijo con voz ronca, esforzándose por sonreir:
—Filomena; ¿quiere usted ver aquella puntilla de que le hablé ayer?
Miguel y Filomena levantaron la cabeza sorprendidos. Miguel más avergonzado aún que sorprendido.
—Con mucho gusto, querida—dijo la joven.
Maximina echó á andar en dirección á la puerta. Filomena se entretuvo un instante á contestar á la última broma de Rivera.