Mientras tanto Julia, que muy pronto había observado la atención persistente que su cuñada merecía á Saavedra y el empeño que mostraba en conversar con ella, estaba irritada y nerviosa hasta salírsele el enojo á la cara. Había procurado, en vano, con una llamada no muy oportuna traerle á su lado. Viéndose defraudada y humillada, ciega por los celos y ansiando vengarse, comenzó á coquetear de lo lindo con Utrilla. ¡Oh venturoso cadete, y quién había de decirte que en un momento habías de pasar de aquellos tormentos irresistibles á la cima de toda dicha y bienandanza! Porque tan pronto como Julita y él se acercaron, fué como si se tocasen los polos de la electricidad negativa y positiva. El amor estalló á la vista de todo el mundo. Julita sonreía, se ruborizaba, hablaba por los codos, le daba el abanico, y los guantes, y las flores del pecho, y se lo comía con los ojos; lo cual no era parte para que con el rabillo echase de vez en cuando á su primo y cuñada miradas como centellas.
Maximina procuraba con todas las fuerzas de su alma adivinar lo que su esposo decía á Filomena. La gravedad afectada con que ambos hablaban no la tranquilizaba. Sabía, por experiencia, que Miguel solía adoptar un continente serio para decir á aquella muchacha cualquier picardía que le viniese á la boca.
—¿No se acuerda usted nada de Pasajes?—le decía Saavedra en tanto.
—Un poco, sí, señor; pero aquí me encuentro muy bien.
—¿Cuántos meses hace que se ha casado usted?
—Hará nueve el cuatro del que viene.
D. Alfonso guardó silencio unos instantes y pareció reflexionar; al cabo dijo tristemente:
—¡Cuántas veces habré cruzado por Pasajes y habré visto aquellas casitas tendidas por las orillas de la bahía, sin que jamás se me hubiese ocurrido entrar en él!
—No ha perdido usted mucho. Todo el mundo dice que es un pueblo muy feo. Exceptuando la iglesia, que es bastante buena, la casa de D. Joaquín, la de Arregui y algunas en el Ancho, lo demás vale muy poco.
—Hoy, desde luego, no debe de valer nada; pero antes...