Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La Condesa empezó á maniobrar en la casa, como consumada estratégica, ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y se vió necesitado á vagar como alma en pena por los corredores. Una vez que atajó á Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso, sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los hocicos. Pronto volvió á abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió que el asunto no iba mal.

—Señorito, viene derecho—dijo la comadre.

—¿De modo que no hace falta llamar al médico?

—Para nada, gracias á Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero á los diez minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle ó engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

—Á mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución nada más—añadió tímidamente.

—Como usted quiera, señorito—respondió secamente y con gesto desabrido la comadre.

—¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella respondía?—manifestó la Condesa.

—Bien, bien; si ella responde...—contestó avergonzado. Y luego preguntó afectando sangre fría: