—¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en tono condescendiente:

—Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó á vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido é inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin embargo, no acababa de persuadirse á que debía fiar su felicidad y su vida entera á una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado á cónclave á todos los médicos eminentes de la corte. «Á la menor complicación que haya, la ahogo entre mis manos», se dijo con rabia. Y con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó á dar disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando con un enorme cuadro que representaba á San Ramón Nonnato, el cual se colocó en el gabinete con dos cirios encendidos á los lados. También esta señora se puso á dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí todo el mundo tenía derecho á dar órdenes menos el amo de la casa, al cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. «Porque al fin y al cabo—como él decía muy bien, paseándose con las manos en los bolsillos, el semblante fosco y desencajado,—yo soy el marido, y soy además el... ó lo seré, que es lo mismo.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo á su mujer en pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo á cenizas. La brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

—Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya te avisaremos á su tiempo.

Obedeció á su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una expresión tan afectuosa y triste, que estuvo á dos dedos de abrir de nuevo la puerta y decir: «Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y ustedes se van por donde han venido». Pero reflexionó que el altercado ocasionaría un disgusto á Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió por ellos buen rato, prestando oído á los rumores del gabinete. Ansiaba oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían las de todas menos la de ella.

—¿Cómo va?—preguntó á la Condesa, que cruzaba para la cocina.