—Bien, bien; no se preocupe usted.
Trascurrida una hora y rendido á tanto paseo, fué al salón y se dejó caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado, con los ojos muy abiertos, tratando de vencer el sueño que á despecho suyo se le iba apoderando. Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza cómodamente, dió un bostezo de á cuarta, y quedó hecho un tronco.
Era ya día claro, cuando tres ó cuatro mujeres invadieron precipitadamente la sala dando gritos.
—¡D. Miguel!...—¡Rivera!—¡Señorito!
—¿Qué pasa?—exclamó despertándose sobresaltado.
—¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.
Y le arrastraron á la alcoba, donde vió á su esposa sentada aún en un una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También vió allá en un rincón á Juana con una cosa entre las manos que chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse á su esposa, á quien besó con efusión.
—¿Has sufrido mucho?
—Muy poco.
—No haga usted caso—interrumpió la Condesa:—ha pasado bastante la pobrecilla.