—Quisiera yo ver cómo era usted á las dos horas de haber nacido, señorito—dijo Juana.
Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:
—Hermosísimo.
—¡Hombre, cómo se ha echado usted á perder!—exclamó la de Losilla riendo.
—No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra gratuita esa afirmación.
—Nada de eso—dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.
—¡Maximina!
—¿Por qué le has llamado feo?
—Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.
En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de aquellas buenas mujeres: se morían de risa contemplando aquella boca abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo preñado de amenazas.