—¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!—Así me gusta, ensánchate, hombre, ensánchate.—¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se pone llorando!
La verdad es que estaba horrible.
—¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda!—gritó Plácida.
Todas acudieron asustadas.
—¿Cómo? ¿Dónde se queda?—preguntó Miguel dando un salto en la silla.
—En lloro, señorito.
El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas á pique de matarlo. Al fin dejó escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con satisfacción.
—Vaya, hay que darle de mamar á este tunante; si no, se nos va á enfadar.
—¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?—pensó Miguel.
Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero se negó á tomarlo, no sabemos bajo qué pretexto. Las mujeres encontraron aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder á los deseos de las señoras y comenzó á chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al fin en el oficio.