—Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad á Rivera, para despedirse. Éste se la estrechó, y mirándole con fijeza, mientras asomaba á sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

—¿Tiene usted mucho cariño á esos treinta mil duros?

—¿Por qué me pregunta usted eso?

—Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en vísperas de separarse para siempre de ellos.

—Explíquese usted—dijo el banquero poniéndose serio.

—Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es á mí...

—¿Cómo? ¿Qué dice usted?

—Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.