—Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La hipoteca es nula.

—Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió tartamudeando:

—Eso es... una picardía... Le llevaré á los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el hombro, le dijo:

—¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco indemnizado del que usted acaba de darme.

—¿Pero qué mil rayos significa?...

—Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el gusto de arruinarme el día menos pensado—repuso el joven con amarga ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se borró súbitamente.

—¿Habla usted formalmente?