—Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y benévola en los labios del banquero.

—¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla de veras ó de burla.

—Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó á ponerse serio Eguiburu.

—No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

—Tan sagradas, ¿verdad?

—Eso es, sagradas.

—Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

—De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero además.