—Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que en vano quería ocultar. Dió la mano tres ó cuatro veces más á Miguel, cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante, cuando ya estaba en la escalera y Miguel á punto de cerrar la puerta, preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva ansiedad:

—Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

—Vaya usted tranquilo, hombre—contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extinguió. Permaneció un momento con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al despacho, se sentó frente á la mesa y apoyó el rostro sobre una mano cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó á la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre para Plácida.

—¿Quién era esa visita?—le preguntó.

—Nada, un señor que viene á hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

—¡Qué cansado estoy! ¡Tengo un sueño!