La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento á su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió á besar á su esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y sentía, no obstante, calor en las mejillas.
Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban colocados. Se acordó también de su hijo.
—¡Pobre hijo mío!—exclamó.
Y estuvo á punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo diciéndose:
—No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un hijo, no tiene derecho á pedir más á Dios. Soy joven, tengo salud. En último resultado, trabajaré para ellos.
Al murmurar estas palabras dió un soplo violento á la luz y tuvo energía bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.