XVII

AN pronto como se vistió al día siguiente, y después de pasar al lado de su esposa un rato mucho más corto de lo que las circunstancias exigían, salió de casa y se dirigió á paso largo á la de Mendoza.

Alojaba éste á la sazón en una de las mejores fondas y más céntricas de Madrid. Cuando Miguel llegó, aún estaba durmiendo. Entró, sin embargo, en la estancia, y se autorizó el abrir por sí mismo las puertas del balcón, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.

—Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande hombre.

Mendoza se restregó los ojos y le miró sorprendido.

—¿Qué es eso, Miguelito? ¿Cómo tan de mañana?

—Amado Perico; lo primero que vas á hacer, es suprimir ese acento protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me protejas y en llamarte usía ilustrísima, si quieres; pero estando solos, hazte cuenta que no soy tu vasallo.

—¡Siempre has de ser el mismo, Miguel!—repuso Mendoza algo amostazado.

—Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. Tú en cambio, haciendo cada día un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy contento, sin embargo, con el mío; tan contento, que el temor de hacer otro distinto es el que me trae tan de mañana á turbar tus sueños de gloria.