—¿Qué quieres decir?...

—Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ó, como decimos los letrados, hidalgo «de solar conocido» y «de devengar quinientos sueldos».—¿Tú no sabes lo que es eso?

—No—respondió con gesto de impaciencia Mendoza.

—Pues es muy sencillo. Si tú me pegas una bofetada (que no me la pegarás), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego á ti (que todo podría suceder), no necesito desembolsar un cuarto... Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolería en el alma empezar el de pobrete ó perdulario que no tengo estudiado.

—No te entiendo.

—Voy allá. Ayer noche se presentó en mi casa Eguiburu, y sin preámbulos me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en La Independencia y que yo garanticé cediendo á tus ruegos... ¿Entiendes ahora?

Brutandór guardó silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva. Después dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus discursos.

—Yo creo que esa cantidad no eres tú quien debe pagarla, sino el Conde de Ríos.

—Ah, ¿crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa Eguiburu esa opinión, seguro estoy de que no se atreverá á reclamarme un cuarto.

—Si te los reclama, es una felonía.