—Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios inmutables del derecho natural. Pero ya sabrás que el derecho positivo está de su parte, y por si le ocurre hacer uso de éste en vez de aquél, quiero saber si tendréis estómago para dejar que me arruine.

Miguel se había puesto muy serio y miraba á su amigo con la expresión fría y dura que era en él signo de cólera reprimida. Mendoza bajó los ojos mostrando confusión.

—Mucho sentiré que te pase una desgracia, Miguel.

—No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al instante, es si el General está dispuesto á pagar esa cantidad.

—Yo creo que el General no tendrá otro deseo...

—Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, ¿lo oyes? quiero saber si paga los treinta mil duros ó no los paga.

—Habrá que escribirle. Ya sabes que está en Alemania.

—Es que si no los paga le llevaré á los tribunales. Tengo cartas suyas en que declara la deuda—dijo paseándose agitadamente por el cuarto.

Mendoza dejó trascurrir unos instantes, y replicó:

—Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por las malas. Adelantarás con ello menos.