—¿Por que me dices eso?—repuso el hijo del brigadier parándose.
—Llevándole á los tribunales no sacarás nada en limpio.
—¿Pues?
—Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda está á nombre de su mujer.
Los ojos de Miguel brillaron de ira.
—¡Miserable!—murmuró sordamente. Y luego añadió:—Me voy convenciendo, además, de que tú eres tan puerco como él.
—¡Miguel, por Dios!
—Lo dicho. Tómalo por donde quieras... Me alegraré que sea por el peor sitio.
Mendoza no quiso ó no se atrevió á replicar. Le dejó seguir paseando en espera de que su cólera se calmase, como hombre que de antiguo le tenía bien conocido. En efecto, á los pocos minutos se encogió de hombros, detúvose junto á la cama, y echándole las manos al cuello con cariñoso ademán, le dijo riendo:
—He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto para ser un pillo.