Mendoza no se enojó por esta singular rectificación.
—Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas á uno sin sangre en las venas.
—Peor es dejarle sin dinero.
—Hombre, tú todavía no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de arreglar.
—¿Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?
—¿Cuál?
—Que garantice también los doce mil duros restantes que ha entregado, y me esperará.
Mendoza no respondió. Ambos quedaron meditabundos.
—A mí no me parece tan mal—dijo al fin aquél.—Al General desde luego te digo que no se le podrán sacar los treinta mil duros: conozco bien sus asuntos, y sé que no está en situación de abonar esa cantidad. Pero si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro público. Me consta que el Gobierno ha abonado ya algún dinero (aunque no cantidades tan crecidas como ésta) de lo que se ha gastado en periódicos, extrayéndolo de los fondos secretos del Ministerio de la Gobernación. El asunto aquí es tener suficiente influencia para que el ministro se avenga á ello.
—Supongo que el General interpondrá toda la suya.