—Desde luego; y yo haré también cuanto pueda. Pero el General no está en Madrid, y ya sabes que estos negocios difíciles ni se pueden tratar por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar siempre á la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar á todos sus amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle con alguna interpelación en las Cortes sobre un asunto delicado que no le agrade menear.
—¡Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces el teje maneje de la política al menudeo!
—¿Cómo al menudeo?
—Hombre, sí, porque esa no es la que definen y explican los tratadistas.
Mendoza se encogió de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios un gesto de desprecio.
—Bien; ¿entonces quieres que traigamos al General á Madrid?—añadió Miguel.
—Eso no es posible.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Mendoza meditó.
—Si tú hubieras sido elegido diputado, la cosa sería más fácil. Al fin y al cabo seríamos dos á pedir, y teniendo al interesado delante, el ministro se miraría más para negarse...