—¡Pero como no soy diputado!

Mendoza meditó otro rato, y dijo:

—Aún pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dejó vacante un distrito, el de Serín, en Galicia. Pronto se procederá á segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto, tienes seguro el triunfo.

Rivera guardó silencio, y pareció también reflexionar.

—Hasta ahora, Perico, no había pensado en ser padre de la patria. Ya sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no tengo carácter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para urdir una trama, ni osadía para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de tal modo conformado, que un continente frío me hiere, una palabra descortés me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo serenidad suficiente para mantener mi independencia frente á la simpatía y el cariño, ó la aversión que los hombres me inspiran: me apasiono y me exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasión digo la palabra que me viene á la boca, por peligrosa que sea. Además, tengo la desgracia de ver siempre el aspecto cómico de las cosas, y no poseo virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones. Los personajes de la política, cuando no son merodeadores dignos de la cárcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebaño de hombres adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el más descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen á repetir en el Congreso los mismos chanchullos que han fraguado en el Ayuntamiento ó la Diputación, los otros despechados de la literatura, las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas notoriedad, la buscan en el campo más accesible de la política. Un joven, á quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis oposiciones á cátedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios libros que permanecen vírgenes y mártires en las librerías. Éstos son los que, penetrando en el salón de conferencias, donde los porteros no le preguntan á nadie por sus méritos, y poniéndose bajo la égida de un personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y rigen andando el tiempo los del país... Pero me he puesto demasiado serio—añadió, bajando de tono y sonriendo.—El principal argumento que tengo para no dedicarme á la política, te lo diré en secreto... es que me aburre, ¿sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me encuentro amagado á una ruina, estoy resuelto á entrar en ella para rescatar mi fortuna, que estúpidamente he comprometido.

Brutandór le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podría imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente incomprensible. Cuando terminó, el nuevo diputado se encogió imperceptiblemente de hombros, é hizo con los labios un gesto, que mucho le caracterizaba, el cual nadie podría saber á punto fijo si era de indiferencia, ó de desdén, ó sorpresa ó resignación. Miguel sostenía que su amigo Mendoza sólo era capaz de entender once cosas en el mundo. Cuando le decían una distinta de las once, en vez de contestar hacía la mueca indicada, y podía darse por terminado el asunto.

—Bien—dijo, observando aquel gesto.—Según eso, necesito que me presentes al ministro de la Gobernación.

—Te presentaré al Presidente del Consejo; tengo más confianza con él que con Escalante.

—Me alegro, porque Escalante no me es simpático, y al Presidente, al menos, no le conozco. ¿Quieres que vayamos esta tarde á la Presidencia?

Mendoza le miró estupefacto.