—¿Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?
—Perdona, chico, no sabía una palabra. ¿Y sobre qué hablas?
—Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio. Hasta ahora no he hecho más que preguntas.
—No seas tan modesto, Perico. Ya sé que has presentado también una exposición de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo valga.
—No te rías: el trance de hoy es muy serio.
—¡Terrible!... sobre todo para los aranceles. ¿Y cuándo te casas?
Mendoza bajó la vista y se puso un poco colorado.
—El día quince.
—Me alegro que entres por el buen camino—dijo alegremente Rivera, á quien no se le ocultaba la vergüenza de su amigo, y quería generosamente evitársela.—Vamos, vístete, hombre, que ya son cerca de las once.
—Almorzarás conmigo, ¿verdad?