«En los tiempos primitivos de la historia, el hombre vagaba desnudo por las selvas, sustentándose con el fruto de los árboles y la leche y la carne de los animales que cazaba. Un día vió cruzar por el bosque un animal semejante á él. Le tendió el lazo y lo apresó. Era la hembra. De aquí la familia, señores diputados...»
Siguió trazando un curso completo, aunque sucinto, de la historia universal, y explicando por menudo las teorías del contrato social. Citó numerosos textos de sabios antiguos y modernos en apoyo de sus teorías. Llamó la atención sobre todas, una proposición, por su atrevida originalidad, y como fuese acogida con rumores por la asamblea, el diputado exclamó:
—«¿Qué? ¿Os sorprende? Pues no lo digo yo; lo dice Brígida.»
—¿Quién es Brígida?—preguntó un periodista novel.
—El ama de gobierno—contestó otro sin levantar la cabeza.
—¡Pues vaya una ridiculez venir á citar aquí á su ama de gobierno!—exclamó el primero.
Los diputados habían acogido con nuevos rumores el nombre de la autora del texto citado.
—«¡Lo dice Brígida!»—gritó el orador con toda la fuerza de sus pulmones.
Más altos y prolongados rumores. Cuando se calmaron, dijo en tono grave y solemne:
—«Lo dice Santa Brígida.»