—¡Ahaaaaa!—respondió la asamblea.

A los sucesos de Cádiz dedicó los cinco minutos últimos, y eso para decir que el Gobierno tenía la culpa de todo.

Parecía lógico que aquel señor saliese de allí enjaulado para una casa de orates. Nada de eso sucedió, no obstante. El ministro le contestó con toda formalidad y rebatió sus textos y teorías con otras teorías y otros textos. En aquellos tiempos todos los discursos comenzaban por Adán, y nadie se asombraba de ello.

Pasando después á la orden del día, tocó el turno á la reforma de aranceles, y se concedió la palabra á Mendoza. El cual, después de extender por el banco su terremoto de notas, toser tres ó cuatro veces y estirarse los puños otras tantas, dió comienzo á su magna oración. La voz era bien timbrada, clara y pastosa; el tono grave y altisonante; los ademanes nobles y reposados. Ni Demóstenes, ni Cicerón, ni Mirabeau han dispuesto seguramente de una presencia tan simpática y de un juego de actitudes tan primoroso como el que tenía nuestro amigo Brutandór. Pero estaba lo malo en que los conceptos que salían de su boca no correspondían poco ni mucho con tales actitudes. Aquel iracundo manoteo, aquel bajar y subir la voz, y aquellos cortos, pero vivos paseos por delante del banco, eran muy propios para acompañar al célebre «Díle á tu amo que sólo saldremos de aquí por la fuerza de las bayonetas», ó al «Quousque tandem Catilina»; mas para decir que en Inglaterra el consumo anual de algodón en 1767 era de cuatro millones de libras, y que en 1867 pasaba de mil cuatrocientos millones; que el número de trabajadores que se encuentran ocupados allí en la industria algodonera son 500.000, y 4.000.000 las personas cuya subsistencia depende de esta industria; que el valor del papel fabricado en 1835 era de ochenta millones de libras, y en 1860 excedía de doscientos veintitrés; que se contaban, á la sazón, en el Reino Unido 394 fábricas de dicho producto; que en Francia su producción asciende á veinticinco millones de kilogramos, etc., etc., no parecían, en verdad, tan adecuados. El discurso se redujo todo á esto, cantidades, datos, fechas. Los diputados, con más ó menos disimulo, fueron desertando del salón, uno en pos de otro.

—Este orador es una máquina neumática—dijo un periodista.—A este paso pronto hará el vacío absoluto.

Las cuchufletas y chanzas se generalizaron en la tribuna de la prensa. Miguel, que sabía á qué atenerse respecto á las dotes de ingenio de su amigo, escuchaba con disgusto que se burlasen de él. Estaba inquieto, y muy propenso á cortar las bromas de un modo brusco; mas como en aquella tribuna la libertad de comentar los discursos era tradicional, hacía esfuerzos por contenerse. Lo mejor que se le ocurrió para evitar compromisos, fué hacer una escapada á su casa, y enterarse de cómo seguía su esposa. Cuando volvió, todavía continuaba el orador en el uso de la palabra.

—«Ahora va el Congreso á ver el dato más curioso»—decía el bueno de Brutandór.

Y al volverse para recoger del banco los papeles en que estaba escrito, enseñó el trasero. Pero nadie advirtió este quid pro quo gracioso más que Miguel y un taquígrafo, á quien se le soltó la risa.

Seguía la zumba entre los periodistas. Sin embargo, los comentarios se decían más para dar pie á la risa que para herir al orador, á quien casi todos conocían y trataban. Sólo uno, redactor de un diario carlista, decía de vez en cuando frases graves, de mal gusto, como si tuviese algún resentimiento personal con Mendoza. Miguel le había mirado ya dos ó tres veces de modo agresivo, sin que el otro se diese por entendido. Al fin, encarándose con él, le dijo:

—Oiga usted, amigo, ya no me asombra que salgan las gacetillas de El Universo tan insulsas. ¡Se empeña usted en derrochar aquí toda la gracia!