—Lo que usted acaba de decirme, me parece una insolencia, caballero.
—Tal vez.
—Me dará usted inmediatamente una satisfacción—dijo muy enfoscado el periodista.
—No; prefiero darle á usted un disgusto—contestó Miguel sonriendo.
Entonces el redactor de El Universo tomó el sombrero y salió muy decidido. Al poco rato se presentaron dos diputados católicos en la tribuna preguntando por Miguel.
—¿Vienen ustedes á pedirme una reparación? Pues no doy ninguna: entiéndanse ustedes con estos dos amigos.
Y les presentó los que ya tenía avisados. Los padrinos del redactor católico no venían tan predispuestos á una solución belicosa. Después de conferenciar algunos minutos con los de Miguel, bajaron á pedir más instrucciones á su ahijado. Al poco rato tornaron á subir con el calumet de paz en la mano, diciendo que «los principios religiosos de su amigo no le permitían vengar las ofensas con las armas».
Al saberse esto, hubo una explosión de risa en la tribuna.
—Pues si sus principios religiosos no le permiten batirse—dijo Miguel irritado,—no había para qué nombrar padrinos. Más bien parece que ese señor quería probar fortuna.
Al fin terminó Mendoza su discurso con tres diputados en el salón, uno de ellos roncando.